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Etapa europeista: el enamoramiento.

La UE me conquistó,  seducida por la idea romántica de unos pueblos europeos unidos, como inicio a una unión global. Los ojitos me hacían chiribitas  de estrellitas amarillas en un fondo azul.

Etapa euroescéptica: la decepción

Posteriormente, tras la actuación más que tibia en el conlicto yugoslavo y los que le sucedieron, las políticas “yo me lo guiso yo me lo como y si soy funcionario, me lo como todo y sin pagar impuestos” y mi favorita “somos modelo de derechos y libertades, pero sólo para cuando me salga a mi de la peineta o si no llamo a Schengen o a la sra. seguridad nacional”, (que por cierto, es una señora con el mismo mal que los canes cobardicas, cuando tiene miedo, muerde), nuestra relación languideció.

Etapa europeizada: la reconquista.

Es como cuando rompes con alguien y empiezas a salir con más. Sabes que tiene que haber algo mejor, pero como no lo encuentras de repente te das cuenta que lo que tenias es maravilloso.

Si la extrema derecha está en contra de la UE y la extrema izquierda también, ergo, algo bueno tiene que tener la UE. Así que merced a este silogismo europeo, manipulación perversa de las enseñanzas contenidas en el  Proto Analytika de Aristóteles (no Onassis, el otro), mi querencia se ha fortalecido. Está arraigada y por el momento no hay nada mejor.  Las dos “c” siguen: cariño y crítica. Algo es algo.

 

 

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