ATARDECER INTENSO

 

 

Olvidados, hasta que algún golpe inesperado me hace parar y redescubro, casi hipnotizada, los placeres sencillos tan al alcance de mi mano que hacen que toque y sienta esa sensación cálida que debe ser tan parecida a la auténtica felicidad.

– Meterte en una cama con las sábanas limpias, recién cambiadas.

– Ir agobiada con las prisas del día y, de repente, mirar al cielo y sorprenderse admirada de los rosas y naranjas intensos de un atardecer, como si nunca hubieras visto algo tan hermoso, aunque sabes que pasa todos los días.

– En el día a día del deambular por la ciudad, acostumbrada a la habitual indiferencia de todos con todos, un gesto amable inesperado, insignificante tal vez, pero poderoso porque puede alimentarte de esperanza para todo el día.

– Que un amigo o una amiga te arrope sin que digas que tienes frío.

Comer con hambre y acompañada. Pan, vino y palabras con y sin sentido.  Buena digestión.

Sentirte deseada en sus ojos y querida no por sus manos sino por su tacto.

– El olor a tierra mojada. Disfrutar de las gotas de lluvia, sentir como te mojan y embriagarte del frescor y el olor a tierra mojada.

– Despertarte un sábado por la mañana, mirar la hora, bostezar, estirarte y sonreír sabiendo que puedes volverte a dormir.

Terminar un entrenamiento, sobre todo cuando te has esforzado. Estás exhausta, pero satisfecha y feliz.

– Que te venga algo que te estaba pequeño. Te sientes más guapa que nunca.

Sentir el calor del sol en tu cara y en tus manos una mañana de invierno.

Ver a alguien a quien hace tiempo que no ves y notar que se alegra como poco tanto como tu de verte.

Ayudar a alguien, no por caridad, por empatía.

El aroma del café recién molido, aunque no beba café y el del pan recién hecho, aunque apenas coma pan.

– Saber que tienes un colchón de gente que te quiere por si algún día te caes y cuidar con mimo de ese colchón.

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