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Esta tarde, tomando café con unas amigas en uno de estos sitios que se han puesto tan de moda en el que lo único que no tomas es café, (porque no es lo suficientemente cool, tienes que tomar un te cultivado por una etnia en extinción o un smoothie hecho de una mezcla de frutas que nunca has visto al natural acompañado con un cupcake insípido, pero precioso, hecho a base de capas y capas de fondant de colores atrayentes pero que no valen nada al lado de un magdalena XL del panadero de la tahona de toda la vida) me he dado cuenta de otra desigualdad por ser mujer: ser mochilera.

La historia viene porque una de mis amigas se trajo a una amiga suya, su nueva compañera de padel,  La chica es lo que viene a se un espíritu libre de manual. Entre muchísimos viajes había hecho la ruta 66, había sido mochilera por la India y Nepal y todo ella solita. Aparte de un sinfín de anécdotas interesantísimas había tenido la suerte de vivir historias románticas, unas más esporádicas que otras, incluido un amante reincidente de Dubai que le dejaba usar un par de pisos en París y en Manhattan.

Todas estábamos entusiasmadas con la historia. Yo me la imaginaba cual Isabelle Eberdhart compartiendo la vida con los lugareños o como estos aventureros que salen en documentales que se integran en las comunidades locales y siempre acabas teniendo ese sentimiento culpable de que la gente es más generosa cuanto menos tiene (siempre son hombres, qué casualidad).

No puedo decir que no tuviera envidia, claro que la tenía. Me encantaría poder atesorar todas esas experiencias. Soy una chica de ciudad, no hay duda, pero si hay algo que ame más que callejear por una ciudad nueva o redescubierta es conocer gente diferente.

Desde pequeña he tenido una especie de obsesión por la comunicación y por ende entender. Primero con los idiomas, luego con las culturas. Soñaba con poder hablar todos los idiomas del mundo. Siempre que he ido a un país con un idioma distinto me he esforzado por aprender antes lo básico liguistica y culturalmente. Desde como decir gracias a coger una tarjeta de visita. Pero hay una barrera contra la que no cabe preparación alguna: el sexo.

La historia de esta chica para mi es una utopia, real porque era la que ella había vivido, pero para mí un sueño imposible de cumplir. Quizás sea una mujer cobarde o quizás demasiado informada, quizás llevo demasiado sensible esa alarma que se nos activa a muchas mujeres y que nos hace ver peligro evitando situaciones que para un hombre serían triviales. Desde que era adolescente he sido muy consciente de ese peligro que sólo sientes y que la mayoría de las veces te hace sentir mal. sintiéndote menos libre y coartando tu voluntad.

Quizás por seguir ese instinto de conservación de mi indemnidad sexual me haya perdido muchas aventuras interesantes, no dudo de que haya sido así, muchas veces me gustaría ser mucho más inconsciente porque en el mundo también hay hombres que respetan y aman a las mujeres,  pero hay muchos más que no.

He estado en países donde la familia directa de una mujer violada prefiere que ésta muera a que viva “deshonrada”, donde las relaciones sexuales prematrimoniales o el embarazo son pena de cárcel o de lapidación; donde decir que no a un pretendiente equivale a que te rocíen con ácido de bateria y sólo castiguen al agresor con una multa; donde violar a una mujer en grupo se justifica porque iba sola o se besaba con su novio; donde los padres venden a sus hijas porque son inferiores; donde se exclaviza sexualmente a mujeres para disfrute de los soldados y se las obliga a abortar si antes no las matan; ¿me van a respetar a mí porque soy occidental y tengo una profesión?, ¿acaso respetaron a las periodistas en El Cairo con una cámara y el mundo como testigo?.

Hace años vestida como cualquier mujer del país le preguntaba a mi intérprete por qué todos los hombres se daban cuenta de que era extranjera “Es por  forma de andar, anda pasos más cortos y cabeza más baja, siempre medio paso detrás  mí”. Tras esos sencillos consejos pude andar tranquilamente por la misma avenida que una semana atrás había recorrido bajo la mirada asfixiante de cientos de ojos que seguían todos mis pasos.

Nunca me sentí más desnuda con más ropa. Por suerte llegaron unas turistas italianas vestidas a la occidental, como si estuvieran en Benidorm, mis acompañantes hicieron un gesto de preocupación “No deberían ir así, para muchos hombres aquí una mujer vestida así no se respeta, si una mujer no se respeta ¿por que tienen que respetarla ellos?”. Noté que, aunque seguiamos con nuestros asuntos, vigilaban a los  hombres que rodeaban a las turistas llegando a intervenir sin que ellas ni siquiera se dieran cuenta confundiendo con bromas un acoso que de no ser por estos hombres, seguros de sí mismos,  habría acabado como poco en un mal recuerdo.

Sé que hay mujeres valientes, no inconscientes como esta mochilera amante del bueberry cupcake, que conocen el riesgo pero deciden seguir su vocación o sus anhelos y llegan a donde yo no me atrevo. Las admiro y las entiendo, pero que también me entiendan ellas a mí, no quiero ser una heroina de los derechos de la mujer, prefiero dar voz desde aquí a las mujeres a las que se la quitan en vez de ejercer mis derechos donde sé que no existen. Creo que hay que saber elegir las batallas y reconocer donde está el peligro.

Lamentablemente, a una mujer no le hace falta ser mochilera en la India para correr peligro, si no que se lo pregunten a las tres jóvenes de Cleveland, o las de un prostíbulo en Londres o Madrid que están bajo llave sin que les importe a sus clientes o a las víctimas del violador en serie de Alicante.  Un viaje en metro, andar por la calle, son actividades de riesgo para el acoso, también conocido como piropo subido de tono,  si eres mujer no hace falta que te diga nada más y si eres hombre, pregunta a tu chica, hermana, amigas, ellas te lo podrán contar y llegarás a mi misma conclusión: el mundo es un lugar menos seguro cuando eres una mujer.

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